Salvemos lo que nos queda

Desde que tengo uso de razón amo la naturaleza, no sé precisar cuándo comenzó esa cercanía.

Mi adorada madre, Lola, es enfermera graduada, fue por muchos años supervisora del Departamento de pediatría del Hospital Municipal de Centro Médico en Puerto Rico.

Uno de los mejores recuerdos de mi niñez se lo debo a ese trabajo porque a ella y a varias de sus compañeras las invitaban una semana de verano a encargarse de la enfermería del Campamento Guajataca y atender a los cientos de niños escuchas que acampaban allí. Este santuario natural ubica en el pueblo de San Sebastián, a orillas del Lago Guajataca.

A ver si me entendieron, hablo de niños escuchas durante una semana. O sea, las únicas niñas y mujeres que habitábamos allí eran mami, sus compañeras, mis hermanas Glenda e Ingrid, y una querida amiga, Betsy, sobrina de Belén, otra de las enfermeras y gran amiga de mi madre.

Estábamos como en Disney, nos dejaban jugar en la piscina, sentarnos en el gigantesco comedor, recorrer el bosque, montarnos en canoas, escalar… En fin, éramos las niñas del lugar por una semana y nos tenían un respeto increíble y consideraciones por demás. Así que mientras mi madre y sus amigas trabajaban, nosotras pasábamos las mejores vacaciones del mundo con gente que nos cuidaba por cualquier esquina.

¿Por qué hago todo es relato? Bueno, una de esas enfermeras es Noelia, muy amiga de mi mamá y madrina de mi hermana Ingrid.

Noelia y mami.

Noelia y mami.

Noelia es de Patillas, un pueblo costero al sur del país. Por detrás de su casa cruza una quebrada y cuando la visitábamos ya saben dónde terminábamos: pues en el riachuelo, allí jugábamos, pescaban hasta camarones de río y éramos las niñas más felices del planeta.

Betsy, mi hermana Glenda y yo.

Betsy, mi hermana Glenda y yo.

Hace alrededor de tres años y después de muchísimos años, regresamos a casa de Noelia y la quebrada ya no era la misma, había disminuido la cantidad de agua. Observarla me remontó a esos años de mi niñez, donde lo primero que quería hacer al llegar allí era bajar a la quebrada con una emoción enorme.

Ahora sí voy al grano de este relato. Hace dos semanas volvimos a casa de Noelia, que ahora cambió los perros por gatos y gallinas, y estos conviven y recorren feliz de la vida el patio. Esta vez llevamos a mi nieto Draco, sí leyeron bien, a mi nieto y sentí esa misma emoción del pasado de bajar a la quebrada y llevarlo para que la conociera. Hacia allá fuimos, luego de que Noelia nos advirtiera que tenía poca agua porque durante la sequía sacaron agua del río que la alimenta; y que bajáramos en silencio al principio del camino porque había un panal de abejas, que si no hacíamos ruido no nos picaban.

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Así lo hicimos y qué sorpresa me llevé, apenas se veían charquitos, todo era piedra, no quedaba nada de mis recuerdos retozando y sumergiéndome. Eso sí, no ha perdido su poder de transmitir paz, armonía y contacto con la naturaleza, peroIMG_0419
IMG_0412esta vez de manera diferente. Era como si su escaso líquido fueran lágrimas clamando ayuda, justicia. Entonces quedó ejemplicado como una estampa en mi corazón, al tener en brazos a mi nieto, qué le estamos haciendo a la naturaleza que está perdiendo su terreno, qué le estamos dejando a nuestras generaciones: cemento, concreto, enormes edificios que solo se traducen en muchos casos a la mano del hombre acabando con los espacios naturales.

Por qué no convivimos con la naturaleza en lugar de dañarla, por qué talan árboles sin compasión solo para construir algo, por qué contaminamos el aire que todos necesitamos para vivir, por qué contaminamos los cuerpos de agua, si la realidad es que sin agua no podemos existir…

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Hubiese querido mojarle las piernas a Draco en la quebrada, pero solo logré que la poca agua tocara sus pies. Esta historia de camino comenzó sin saberlo hace 30 y pico de años, y tomó un giro nunca imaginado en estos tiempos.

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No puedo devolverle el agua a la quebrada, no es una piscina que lleno con manguera, pero sí puedo poner mi granito de arena tomando medidas ecoamigables a favor de nuestros recursos naturales. Como, por ejemplo, reciclar desperdicios de mi hogar, como papel, plástico y aluminio, en lugar de arrojarlos todos a la basura. Es cuestión de ser conscientes con nuestro presente y futuro porque las nuevas generaciones también tienen derecho a disfrutar del planeta como lo hicimos sus antecesores.

Como cantaría mi querido amigo, José Vega, mejor conocido como el Payaso Remi: “Vamos a salvar nuestro planeta, vamos a salvar nuestro planeta, tu conmigo yo contigo, ven nada nos cuesta, vamos a salvarlo con amor… Es necesario poder entender la prisa de nuestra misión”.

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