Minca: cosecha familiar

La imagen de una niña en la ventana de su humilde hogar cambió nuestra ruta de exploración justo antes de entrar a una vereda desconocida en pleno atardecer, en el pueblo de Minca, en la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia. Pues, como suele sucedernos, el camino nos dirige a las historias. Esa estampa era como sacada de una película, de una pintura, como de décadas pasadas.

Así fue como esta niña, llamada María José Pérez Martínez, de 9 años, provocó que nos adentráramos en su hogar, encabezado por su madre Lubis María Martínez y el agricultor José Benigno Pérez, quienes están criando a sus cinco hijos y cuatro nietos.

Para entrar a la pequeña casa hay que caminar por unas tablas que hacen de puente sobre el canal de agua del río, del cual se sirven en el pueblo. Algunas paredes son de bloques de cemento y otras simplemente son la montaña, aún no han podido poner las ventanas, por lo cual cubren los huecos con cortinas. Un área reducida sirve de cocina, otra de pequeña sala y al extremo derecho ubica el dormitorio, donde duermen los 11. Así es este recinto, que tiene más calor de hogar que muchas mansiones que he visto.

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De Benigno les digo que es agricultor y mantiene su hogar con el cultivo de tomate, cilantro, maíz, ñame, naranja, mandarina y aguacate, entre otros, y el agroturismo. Mientras, Lubis María desea que sus hijos sean profesionales.

“Me hubiese gustado ser profesional, pero no tuve oportunidad de ni siquiera llegar al bachillerato. Quería ser maestra, entonces soy profesora de niños aquí en casa, tengo la maestría en casa. El año pasado terminé la primaria en el colegio porque ellos me insistieron”, comentó esta admirable dama.

Lo único que voy adelantarles de la historia, para dejar a este matrimonio que se la cuente, es que el amor por la familia, los valores y la educación son pilares y suficientes para lograr lo que todos deseamos en la vida: ser felices.

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El poder del ‘ube’

Jamás imaginé que un niño de 2 años de edad se interesaría en una antigua edificación. Bueno, déjenme ser específica. Hace unos días andaba con la familia por el pueblo cafetalero de Maricao, en la zona montañosa de Puerto Rico y pasamos por la Torre de piedra, construida hace alrededor de ocho décadas.

El asunto es que cuando íbamos en el auto hacia el centro del pueblo para comprar unas cosas, transitamos frente a esta torre y el pequeñín, Draco, desde su asiento protector la vio y dijo: “ube, ube”. Les traduzco, quiso decir sube. Continuamos el viaje y de regreso al ver la torre volvió a decir: “ube, ube”. Así que nos detuvimos para explorar la edificación.

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Torre de piedra de Maricao.

En julio de 2015 había pasado por ahí pero no me detuve, así que el poder del “ube” me llevó a conocer la historia de este edificio y a admirar las bellezas de mi Isla. Desde arriba, Draco llamaba a mi prima Aileen, que se quedó abajo y a su muñeco George, hermano de Peppa Pig, que lo veía en el auto.

Les cuento, en 1933 el presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, creó el Cuerpo de Conservación Civil (CCC), al cual asignaron la tarea de ofrecer oportunidad de trabajo a jóvenes a través de toda América, en la época de la depresión. Les dieron la tarea de construir veredas, carreteras, torres de observación, casas y piscinas recreacionales utilizando madera del país, piedra y concreto. También reforestaron y dieron forma a muchos de los bosques de Puerto Rico.

Como establecieron dos campamentos en Maricao, el CCC construyó veredas, carreteras a través del bosque, casas y esta Torre de piedra de observación, erigida con albañilería de piedra, con techo de tejas españolas y acabado exterior de ladrillo.

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Junto a Draco, mis sobrinos Ian y Alejandro, mi hermana Ingrid, mi madre Lola, mi tía Olga y mi cuñado Eladio.

Draco subió todos los altos y angostos escalones y al llegar al tope admiramos las maravillas de la naturaleza: el islote de Caja de Muerto en Ponce, parte de la costa sur, toda la cadena de montañas de la Cordillera Central y el municipio de Mayagüez, y hasta nos impresionamos con un arcoíris que acababa de salir, tras el paso de unas lloviznas.

En fin, que le debo al “ube, ube” de Draco conocer un poquito más de mi paraíso, Puerto Rico.

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Parte de la vista desde el tope de la torre.

 

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